Ilustraciones por Juan Astasio

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La pandemia del coronavirus ha expuesto la precariedad de una de las fuerzas de trabajo más invisibles y esenciales: las personas trabajadoras del hogar. En los Estados Unidos, el coronavirus ha golpeado gravemente a estas trabajadoras, en su gran mayoría mujeres: 70% reportaron haber perdido todos sus empleos en mayo de 2020, y tres de cada cuatro eran el principal sostén económico de sus familias, según un estudio de la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas (NDWA). Y todavía están lejos de haberse recuperado.

Casi un tercio de todas las trabajadoras del hogar en los Estados Unidos son latinas y, en el caso de las trabajadoras de la limpieza, cerca del 70% son inmigrantes y el 62% latinas. Menos de un tercio de las trabajadoras del hogar hispanohablantes han recibido alguna ayuda gubernamental de emergencia durante la pandemia, y más del 90% reportan no haber recibido ayudas de desempleo, según NDWA. Aunque no hay datos fiables sobre el número de trabajadoras del hogar indocumentadas, las organizaciones dicen que son muchas.

Hablamos con cinco trabajadoras del hogar latinas inmigrantes sobre cómo han sobrevivido durante la pandemia. Estas son sus historias, en sus propias palabras.

‘¿Cómo voy a salir adelante?’

(Juan Astasio)
(Juan Astasio)

Sandra Gómez, 32, San Antonio

Cuando empezó la pandemia, yo no creía que esto fuera cierto. Clientas mías empezaron a cancelarme. Cuando cerraron la escuela fue más difícil, porque yo tengo una niña de nueve años y una bebé de un año y ocho meses. Tenía que traer a la niña conmigo a las casas que limpiaba. Ella se mareaba, le daba asco respirar dentro del mismo tapabocas alrededor de ocho o diez horas. Como dos semanas después, cerró la guardería.

En junio me enfermé de covid-19. Me puse muy mal. Me dio vómito, diarrea, tuve mucha calentura. Mi esposo no quería llevarme al hospital porque tenía mucho miedo [porque no tenemos documentos]. Me encerré en un cuarto. Perdí la noción como de unos seis días. Fue cuando me enfermé que yo dije: Esto es verdad. Tuve que avisar a las casas donde yo había ido y ya no querían que fuera a trabajar. Desde junio de 2020, mi esposo era el único sostén de la familia.

En diciembre de 2020 lo detuvo un policía porque iba a 40 millas por hora en un área de 30. Le dijeron que no lo podían dejar ir porque tenía una orden de arresto por haber entrado al país después de ser deportado. La Navidad fue bien triste. Yo no tenía trabajo. Las niñas estaban en casa. Mi esposo sigue detenido desde entonces. ¿Cómo voy a salir adelante? ¿Quién va a traer dinero a la casa?

‘Somos totalmente invisibles’

(Juan Astasio)
(Juan Astasio)

Cindia Martinez, 34, San Francisco, Calif.

Vine a este país hace cuatro años primeramente por el futuro de mi hija, que tiene 17 años. Mi hijo tiene una discapacidad intelectual y de lenguaje y pues por una estabilidad de educación para él. En México fui trabajadora social y me licencié en psicología. Debido a la pandemia perdí mi trabajo de cuidado de niños. También soy promotora de salud comunitaria. Trabajé limpiando casas y actualmente, cuando hay oportunidad, lo estoy haciendo.

Antes de la pandemia, vivíamos con mi hermana y su esposo. Ellos tienen dos hijos. Además había otra muchacha con su esposo, dos niñas y tres niños. Y otro muchacho en la alacena. La alacena de una casa de esos códigos postales “nice,” que no creo que tengan ni idea que existe la covid-19, eso es una vivienda para nosotros, los recién llegados. Entonces estábamos sobrepasados. No había suficientes cuartos. El dueño quería desalojarnos para poder rentar más caro, ya que mi hermana tenía viviendo en ese lugar 14 años.

Al final tomé la decisión de irme yo. Primero yo tuve en mi mente: Me voy a un shelter [refugio]. Encontré un closet para mi y mis dos hijos. Era 72 por 32 pulgadas. Pagaba $1,100 al mes con biles [recibos] incluidos. Cuando yo creí que ya iba a estar bien con mis hijos, segura, las chicas con las que estaba viviendo me dijeron que me tenía que ir, porque ya no tenían cómo pagar. Teníamos derecho a no pagar, por la moratoria, pero el miedo de ser inmigrante, de tener que ponerte en una corte y que allá te caiga Migración.

Mi salario no me da para vivir en San Francisco. Me tuve que salir para que mis hijos tuvieran un espacio. Pero ahora estoy con los retos de tener que viajar a diario, la gasolina. Es un círculo vicioso. No estás viviendo. Estás sobreviviendo. El trabajo del hogar no es cuando tú lo elijas, sino cuando te ocupen. Somos totalmente invisibles. Visibles para que todo esté limpio, pero invisibles para nuestros derechos.

‘Me gustaría mucho que las personas valoraran el trabajo’

(Juan Astasio)
(Juan Astasio)

Leticia López, 30, Houston

Durante seis años fui nana de dos niños por siete días a la semana. Trabajaba de las cuatro de la tarde a las dies de la noche. Hasta que no dormía a los niños no me venía a mi casa. Los fines de semana entraba a las nueve de la mañana y salía a las nueve de la noche. Por las mañanas [entre semana] también limpio casas. Los padres de los niños son doctores. Ellos trabajan mucho, ahorita más con todo esto de la covid.

Cuando empecé el niño chiquito tenía cuatro meses y pues ahorita ya tiene seis años. Después nació la niña y también la estuve cuidando. Acaba de cumplir tres años. Yo los quería mucho. Me gustaba sacarlos a jugar, enseñarles a andar en sus bicicletas, a hacer manualidades, pintar, cantar.

Durante la pandemia siempre estuve trabajando. Yo les hacía lunch a ellos para que se llevaran a sus trabajos, les lavaba la ropa, yo prácticamente hacía todo el quehacer de la casa. Cuando ellos no tenían tiempo de estar en casa, yo me quedaba a dormir, tampoco pagada con horas extra ni nada. Nunca me subieron el sueldo en seis años. No me importaba ese trabajo porque yo quería mucho a los niños.

En diciembre de 2020 yo dejé de ir porque mi esposo salió positivo en covid. Yo les hablé a ellos para decirles que me acababa de hacer el examen. Como estábamos en días de fiesta, se tardaron siete días en darme mis resultados. Ellos me dijeron que me quedara en la casa y me cuidara. Cuando yo ya me recuperé, les mandé el examen que ya había salido negativo y me despidieron. Me despidieron así, sin más, sin decir nada.

No me dejaron ni despedirme de los niños. Eso me duele muchísimo. Me siento como una madre que abandona a sus hijos. Yo los vi crecer. Pero pues, ¿qué puedo hacer? Nada. Es lo único que le digo a mi esposo: Ya olvídate de que no tengamos dinero, yo lo que quiero saber es cómo están los niños.

Me gustaría mucho que las personas valoraran el trabajo de las personas que cuidan a los ancianos y a los niños porque son personas que no se saben valer por sí mismos. Y no es nada reconocido. Pero yo ya me di cuenta que uno de empleado no tiene que entregar todo su esfuerzo por una familia, porque después esto es lo que pasa. A uno ni siquiera le dan las gracias. Dicen ya no te necesitamos y te vas. Sin importarles si uno tiene trabajo o no.

‘¿De dónde voy a sacar $1,500?’

(Juan Astasio)
(Juan Astasio)

Rosana Araujo, 48, Miami

Emigré hace dieciocho años de Uruguay con mi hijo y mi exmarido. En Uruguay era profesora, daba clases de arte, música e historia en la universidad. Me tocó emigrar. Fue una decisión muy difícil, inesperada, producto de que el país estaba pasando por una fuerte crisis económica desde el 2000, los famosos “corralitos.”

Antes de la pandemia limpiaba tres casas en la semana y los sábados también completaba ayudando en la parte contable en una carpintería, después de limpiarla. No me iba mal. En marzo todos los proyectos empezaron a caer. En junio, julio ya no tenía trabajo. La de la renta me llamaba todo el tiempo. Fue sumamente difícil porque tuve que usar todas las tarjetas de crédito que tenía. Era esa desesperación porque yo no recibí ayuda del gobierno.

En octubre de 2020 a mi hijo le detectaron cáncer. Meduloblastoma. Tiene 20 años. Recién se graduó de high school. Le hicieron la cirugía en la cabeza y estamos con terapia de radiación y quimioterapia. En una de las sesiones nos dijeron no le iban a hacer el tratamiento si no pagaba $500. Él tenía tres sesiones ese día: consulta, quimio, y radiación. ¿De dónde voy a sacar $1.500?

Mis compañeras me hicieron un GoFundMe para ayudarme, porque me tengo que dedicar 24 horas a mi hijo. Cuando él se siente un poco mejor, yo trabajo los fines de semana para paliar un poco. Tuve que recolectar comida. Me sentía súper angustiada, no dormía. Se me está cayendo el pelo. Me sentí como cuando emigré. Igual. Hay días en que me levanto y digo: ya basta, no doy más. Pero hay muchas compañeras que están igual que yo. Algunas peor: han estado enfermas de covid-19 muy graves, otras han fallecido o se les ha fallecido gente muy cercana. Estamos muy, muy afectadas emocional y mentalmente. Caemos siempre en lo mismo: no tener el número mágico [de la seguridad social] que hace que no puedas acceder a nada. Es tan valioso alguien que tiene un título universitario como el que hace una limpieza.

‘Somos seres humanos y merecemos protecciones’

(Juan Astasio)
(Juan Astasio)

Evelin Alfaro, 40, San Francisco

Tengo aproximadamente 11 años en este país que tengo de trabajar como trabajadora del hogar. En Guatemala fui trabajadora del hogar también pero no le daba valor. Yo vivo en San Francisco con dos hermanas, que también son trabajadoras del hogar. Vivimos en un apartamento de tres cuartos. Yo soy soltera. No tengo niños. Una de mis hermanas está casada y la otra es madre soltera. Con mis sobrinos, somos alrededor de ocho. Yo comparto el cuarto con mi hermana y su hijo.

Cuando el gobernador declaró la cuarentena me quedé en casa. Quise tomarlo del lado positivo. Nos organizamos y pintamos la cocina. Sin embargo, después de cierto tiempo, al ver que ya no tenía trabajo, ya no sabía qué iba a hacer.

Antes de la pandemia tenía de 12 a 15 empleadores. También cuidaba niños. Sí tuve un empleador que durante la cuarentena me pudo apoyar, me estuvo pagando aunque yo no fuera a trabajar. Pero eso es muy limitado, porque era uno que hacía cada mes nada más.

También fue algo muy difícil porque yo tengo una carnosidad en un ojo. Mi plan era operármela. Antes de la pandemia fui al hospital para ver si ellos me la podían operar directamente, sin pagar. Y me dijeron que no podían hasta que yo perdiera la vista en ese ojo. No quería llegar a ese extremo porque yo dependo de mí misma. Dije: Voy a ahorrar para poder operarme. Esa cirugía salía como en $3,000, $3,500. Y sí pude ahorrar un poco. Sin embargo, cuando se vino la pandemia y me quedé sin trabajo, tuve que disponer de este dinero para poder sobrevivir. Si no hubiera tenido el dinero para mi operación, no sé qué hubiera hecho para solventar mis gastos.

También con la pandemia pedían que usáramos productos tóxicos que todavía perjudican más la salud y reforzaban mi enfermedad. Porque entran por la vista, por los oídos. El que utilizan más es el cloro. Es demasiado fuerte. Cuando lo utilizo me irrita los ojos, se me ponen a llorar. Como trabajadoras del hogar no contamos con protecciones de salud y seguridad. ¿Cómo es posible que nuestro trabajo que hace posible otros trabajos sea algo que no le den la importancia que realmente tiene? Somos seres humanos y merecemos protecciones.

Me gusta mucho barrer, trapear, porque digo puedo hacer cintura. A mí me gusta mucho estar así, en movimiento. Me encanta mi trabajo y me sigue encantando. Y yo creo que hasta que me muera me va a seguir encantando.

Este reportaje se realizó con el apoyo del Fondo de Emergencia para Periodistas de la National Geographic Society.

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